Lección #18 · 1 Corintios 10:6,11Una historia quebrada todavía puede convertirse, en las manos de Dios, en una historia de redención.
Querida familia de Iglesia Vida Nueva, llegamos a la conclusión de nuestro recorrido por la historia de Israel. Desde la salida de Egipto hasta el período posterior al exilio, hemos visto victorias y fracasos, idolatría y avivamientos, juicio y restauración. Ahora miramos desde los días de Malaquías hacia el Nuevo Testamento para descubrir que toda esta historia avanzaba hacia una gran esperanza: la llegada del Mesías.
Vivimos en una época en la que casi todo puede editarse. Elegimos la fotografía, el ángulo y aquello que queremos mostrar. Sin embargo, Dios nos dejó la historia de su pueblo sin esconder sus partes incómodas. Vemos a David en sus victorias, pero también en su pecado; a Salomón en su gloria, pero también con el corazón dividido. ¿Por qué conservar esos capítulos? Pablo nos explica su propósito:
«Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron.»
1 Corintios 10:6
«Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos.»
1 Corintios 10:11
Dios también quiere enseñarnos por medio de los errores de quienes nos precedieron. No leemos solamente para conocer el pasado, sino para examinar nuestro corazón. La historia de Israel revela a un Dios que busca y redime aquello que el pecado ha quebrado. Por eso, este recorrido no podía terminar únicamente con Nehemías levantando un muro o con Malaquías llamando al arrepentimiento. Todavía hacía falta un Redentor.
01 · SilencioCuando Dios parece callar, sigue obrando
Alrededor del año 430 a.C. encontramos el ministerio del profeta Malaquías. Después transcurren aproximadamente cuatro siglos sin registros de nuevos profetas como los del Antiguo Testamento. Por eso, este período suele llamarse los cuatrocientos años de silencio. Pero debemos guardar una distinción fundamental: silencio no significa inactividad ni ausencia de Dios.
Un mundo que estaba cambiando
El período intertestamentario estuvo lleno de cambios políticos, culturales y religiosos. No fue una pausa en la historia, sino el escenario en el que se preparaba la llegada del Mesías:
- Dominio persa y expansión griega. Judea permaneció bajo el Imperio persa durante el período de 538–332 a.C. Con las conquistas de Alejandro Magno en 332 a.C., recibió una fuerte influencia griega. Después de su muerte, en 323 a.C., su imperio fue dividido entre sus generales.
- Ptolomeos y seléucidas. Judea quedó entre estas grandes potencias: los Ptolomeos de Egipto, aproximadamente entre 301 y 200 a.C., y después los Seléucidas de Siria. Bajo Antíoco IV Epífanes, que reinó entre 175 y 164 a.C., se intensificó la persecución religiosa. La profanación del templo en 167 a.C. provocó la revuelta de los Macabeos. Su recuperación y purificación en 164 a.C. dieron origen a la celebración de Janucá.
- Los asmoneos y la llegada de Roma. La dinastía asmonea gobernó aproximadamente entre 140 y 37 a.C., con un período de relativa independencia. La intervención de Pompeyo, quien tomó Jerusalén en 63 a.C., debilitó esa independencia. Más adelante, Herodes el Grande gobernó bajo la autoridad romana entre 37 y 4 a.C. Ese era el contexto político en el que nació Jesús.
También se fue formando el ambiente religioso que encontramos en el Nuevo Testamento. La Septuaginta, traducción griega del Antiguo Testamento, comenzó a producirse aproximadamente en el siglo III a.C. Las sinagogas probablemente habían comenzado a desarrollarse desde el exilio y el período posterior. Los escribas adquirieron reconocimiento como intérpretes y maestros de la Ley; surgieron grupos como los fariseos y saduceos, especialmente desde el siglo II a.C.; y fue desarrollándose la figura del maestro o rabí.
Desde una mirada humana, todo podía parecer una sucesión de guerras, imperios y tensiones. Sin embargo, Dios seguía conduciendo la historia hacia el momento señalado.
El cumplimiento del tiempo
«Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley.»
Gálatas 4:4
Jesús no llegó accidentalmente, ni demasiado temprano ni demasiado tarde. Llegó en el tiempo determinado por el Padre. Dios no solamente estaba preparando a un pueblo; también estaba preparando el escenario histórico.
Roma había establecido sistemas de gobierno, comunicación y transporte que conectaban extensas regiones. Sus caminos fueron construidos para trasladar ejércitos, mercancías y funcionarios, pero también facilitarían el desplazamiento de los primeros discípulos y la expansión del evangelio. Incluso la crucifixión, uno de sus métodos más crueles de ejecución, ocuparía un lugar central en la obra redentora de Cristo.
El imperio actuaba según sus propios intereses, no para servir conscientemente al evangelio. Sin embargo, sus decisiones no colocaban la historia fuera del alcance de Dios. Mientras Roma extendía su dominio, el Señor sabía que por aquellos caminos viajaría el mensaje de un Reino eterno.
Esta verdad también sostiene nuestra fe. A veces medimos la actividad de Dios por lo que vemos, escuchamos o sentimos. Cuando una respuesta tarda, pensamos que nos ha olvidado; cuando contemplamos injusticia y desorden, podemos temer que haya perdido el control. Pero no percibir su obra no significa que haya dejado de obrar. Hay temporadas en las que prepara cosas que todavía no podemos ver.
02 · PromesaEl Antiguo Testamento termina con una expectativa
El Antiguo Testamento no termina simplemente con un punto final. Termina esperando a alguien. Por medio de Malaquías, Dios anunció que enviaría un mensajero para preparar el camino:
«He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí.»
Malaquías 3:1, fragmento
«He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible.»
Malaquías 4:5
Transcurrieron aproximadamente cuatro siglos. Cambiaron las generaciones y los gobernantes, pero la promesa no perdió vigencia. Al abrir el Nuevo Testamento, encontramos a Juan el Bautista predicando en el desierto:
«En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, Enderezad sus sendas.»
Mateo 3:1-3
Lo anunciado siglos antes comenzaba a cumplirse. Esta es una verdad que nos ha acompañado durante toda la serie: Dios no olvida sus promesas. Los seres humanos pueden olvidar; los imperios pueden caer; pero el Señor permanece fiel a lo que ha dicho.
«Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero;»
Isaías 46:9-10
Su soberanía está por encima de todo imperio y de todo plan humano. Su fidelidad debe producir en nosotros tanto consuelo como reverencia: consuelo porque podemos descansar en su carácter inmutable, y reverencia porque su Palabra merece una respuesta seria de fe y obediencia. El llamado de Juan al arrepentimiento nos recuerda que esperar al Señor también implica preparar el corazón.
03 · RedenciónIsrael necesitaba un Salvador, y nosotros también
Al mirar las diecisiete lecciones anteriores, descubrimos que cada etapa mostró algo importante, pero también dejó algo incompleto. Saúl evidenció la necesidad de un rey verdaderamente obediente. David recibió la promesa de un reino permanente, pero también pecó y necesitó misericordia. Salomón tuvo sabiduría, riquezas y gloria, pero nada de eso impidió que su corazón se desviara.
La división del reino dejó claro que ningún sistema político podía resolver el problema más profundo del ser humano: el pecado. Hubo buenos reyes, como Ezequías y Josías, pero sus reformas no transformaron permanentemente a toda la nación. Llegaron las advertencias proféticas, la disciplina y finalmente el exilio.
Después vino el regreso. Zorobabel reconstruyó el templo, Esdras volvió a colocar la Palabra en el centro y Nehemías reconstruyó los muros. Sin embargo, reconstruir edificios no equivalía a transformar el corazón. Los muros no podían salvar del pecado, y la misma Ley mostraba cuánto necesitaba el pueblo la gracia de Dios.
«No hay justo, ni aun uno.»
Romanos 3:10, fragmento
«Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.»
Romanos 3:23
La necesidad no era solamente de otro gobernante o de una reforma más profunda. Hacía falta un Salvador. El clamor de Hosana expresa esa urgencia de salvación que atraviesa la historia. La respuesta definitiva llegó en Jesús:
«Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.»
Mateo 1:21
Cristo vino a hacer lo que ningún rey, sacerdote, profeta o reformador podía hacer por sí mismo: salvar a su pueblo del pecado. La historia de Israel no fue preservada para que admiráramos a una nación perfecta, sino para mostrarnos, entre sus victorias y fracasos, la fidelidad de Dios y la necesidad urgente de su redención.
No necesitamos editar nuestra historia, sino entregarla
La necesidad de Israel también es nuestra. Todos tenemos capítulos que preferiríamos editar: decisiones equivocadas, fracasos, heridas o temporadas que nos cuesta recordar. Pero hay una gran diferencia entre esconder lo sucedido y recibir la obra redentora de Dios.
Editar intenta ocultar; redimir implica rescatar y dar un nuevo propósito. Dios no escondió el pecado de David: también mostró su arrepentimiento y su misericordia. No borró el exilio de Israel: mostró que aun desde Babilonia seguía hablando a su pueblo. No ocultó las ruinas de Jerusalén: mostró que podía levantar lo destruido.
Reconocer esa gracia no minimiza la gravedad del pecado. Nos permite confesarlo sin fingir que nunca existió y acudir al único que puede salvarnos. Tal vez algunos de los capítulos que menos quisiéramos recordar sean precisamente aquellos en los que hoy reconocemos cuánto nos ha sostenido el Señor.
«Pero por la gracia de Dios soy lo que soy.»
1 Corintios 15:10, fragmento
Nuestra historia no tiene que ser una historia de perfección para convertirse en un testimonio. Tiene que ser una historia en la que la gracia de Dios tome protagonismo. No nos acercamos a Cristo porque ya hemos reparado nuestra vida, sino porque necesitamos su perdón y su poder restaurador.
«Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.»
Lucas 19:10
El Redentor había llegado. Su llamado no era una invitación a aparentar salud espiritual, sino a reconocer nuestra necesidad y responder con arrepentimiento:
«Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento.»
Lucas 5:31-32, fragmento
Así concluye nuestro recorrido: los hombres fallaron, los reinos cambiaron y hubo temporadas de silencio, pero Dios nunca abandonó su propósito. La historia avanzaba hacia Cristo. Y hoy, al reconocer nuestra propia necesidad, también somos llamados a poner nuestra vida en sus manos.
Para reflexionar esta semana
- ¿En qué situación estoy confundiendo el silencio de Dios con su ausencia, y cómo puedo responder esta semana con confianza y obediencia?
- ¿Qué error de la historia de Israel me invita a examinar mi corazón y dar un paso concreto de arrepentimiento?
- ¿Qué capítulo de mi vida necesito dejar de esconder y entregar a Cristo para recibir su perdón y caminar en su propósito?
Amada iglesia, la pregunta no es si nuestro pasado fue perfecto, sino si estamos dispuestos a entregarlo al Redentor. Hoy podemos acercarnos a Él con esta oración: «Señor, toma mi historia, restaura lo que está quebrado y cumple tu propósito en mí». Cristo es nuestra esperanza de perdón, restauración y vida nueva. Confiemos en su fidelidad, aun cuando no veamos todo lo que está haciendo. Dios les bendiga.